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Portada de Decapitando al Dios de las palabras

Decapitando al Dios de las palabras

Jaime Salazar Corrales

Universidad del Valle ·Colombia

Licencia de minería de texto y datos

Sin declaración

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Sobre esta obra

Esta obra es el homenaje de Salazar a los instantes y a la ensoñación (el qué pasaría si) que tanto atormenta al ensimismado paseante urbano hasta arrimarlo a los abismos. Tal vez estamos ante una suerte de escritura post-Matrix. El escenario imaginado tiene por atributo esencial lo que el filme de los Wachowski destaca hasta la saciedad: la realidad del simulacro, la sólida persistencia de lo soñado, la densidad del instante, la duración de lo evanescente. Las historias de Salazar son breves, sintéticas y rápidas. Una bomba que arrasa el país del mal, el desenlace del narco entrampado, la desventura del guerrillero perdido selva adentro, el estudiante enamorado de una putita angélica, el joven atormentado por una presencia fantasmal en medio de sus viajes de droga. Escenas menores de ese mundo mayor, el de la realidad oblicua. Esta es literatura para oir y ver, más relato que cuento, más clip que trauma. Es indispensable atender el rumor de fondo de estos relatos, escuchar la voz de quien los habla y los conversa, esa risa menuda y burlona que los salpica. Quizás todo se resume en lo siguiente: nada, absolutamente nada ni el amor, ni la muerte, ni el sexo es tan serio y trascendental que amerite un duelo. Ese es el nombre del juego: ¡abajo la ruinosa eternidad de lo macizo y denso, arriba la calida y cómica levedad del instante! Y los instantes cómicos, en medio de su extrema singularidad son repetitivos, emergen una y otra vez juguetones, como demonios traviesos. Tal vez estamos ante una suerte de escritura post-Matrix. El escenario imaginado tiene por atributo esencial lo que el filme de los Wachowski destaca hasta la saciedad: la realidad del simulacro, la sólida persistencia de lo soñado, la densidad del instante, la duración de lo evanescente. Las historias de Salazar son breves, sintéticas y rápidas. Una bomba que arrasa el país del mal, el desenlace del narco entrampado, la desventura del guerrillero perdido selva adentro, el estudiante enamorado de una putita angélica, el joven atormentado por una presencia fantasmal en medio de sus viajes de droga. Escenas menores de ese mundo mayor, el de la realidad oblicua. Esta es literatura para oir y ver, más relato que cuento, más clip que trauma. Es indispensable atender el rumor de fondo de estos relatos, escuchar la voz de quien los habla y los conversa, esa risa menuda y burlona que los salpica. Quizás todo se resume en lo siguiente: nada, absolutamente nada ni el amor, ni la muerte, ni el sexo es tan serio y trascendental que amerite un duelo. Ese es el nombre del juego: ¡abajo la ruinosa eternidad de lo macizo y denso, arriba la calida y cómica levedad del instante! Y los instantes cómicos, en medio de su extrema singularidad son repetitivos, emergen una y otra vez juguetones, como demonios traviesos. Las historias de Salazar son breves, sintéticas y rápidas. Una bomba que arrasa el país del mal, el desenlace del narco entrampado, la desventura del guerrillero perdido selva adentro, el estudiante enamorado de una putita angélica, el joven atormentado por una presencia fantasmal en medio de sus viajes de droga. Escenas menores de ese mundo mayor, el de la realidad oblicua. Esta es literatura para oir y ver, más relato que cuento, más clip que trauma. Es indispensable atender el rumor de fondo de estos relatos, escuchar la voz de quien los habla y los conversa, esa risa menuda y burlona que los salpica. Quizás todo se resume en lo siguiente: nada, absolutamente nada ni el amor, ni la muerte, ni el sexo es tan serio y trascendental que amerite un duelo. Ese es el nombre del juego: ¡abajo la ruinosa eternidad de lo macizo y denso, arriba la calida y cómica levedad del instante! Y los instantes cómicos, en medio de su extrema singularidad son repetitivos, emergen una y otra vez juguetones, como demonios traviesos. Esta es literatura para oir y ver, más relato que cuento, más clip que trauma. Es indispensable atender el rumor de fondo de estos relatos, escuchar la voz de quien los habla y los conversa, esa risa menuda y burlona que los salpica. Quizás todo se resume en lo siguiente: nada, absolutamente nada ni el amor, ni la muerte, ni el sexo es tan serio y trascendental que amerite un duelo. Ese es el nombre del juego: ¡abajo la ruinosa eternidad de lo macizo y denso, arriba la calida y cómica levedad del instante! Y los instantes cómicos, en medio de su extrema singularidad son repetitivos, emergen una y otra vez juguetones, como demonios traviesos.

Editorial

Universidad del Valle · Colombia