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Portada de El ejercicio soberano en la integración supraestatal

El ejercicio soberano en la integración supraestatal

Oscar Leonardo Quintero Valasquez

Editorial Universidad Surcolombiana - USCO ·Colombia ·2025 ·Español
Impreso ISBN 9789588896960

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Impreso · ed. 1 9789588896960 SIMEHPRINTFE6B59H3H2A751674HH6 2025

Sobre esta obra

Introducción

El estudio del Estado como forma de organización humana no es novedoso y desde que se posee la tecnología de la escritura, se han redactado diferentes volúmenes de filósofos y teóricos de la política que han abordado este tema. No obstante, esto no debe ser una excusa para dejar de hacerlo. La cantidad de libros y páginas dedicadas a este respecto, no conduce necesariamente a la resolución definitiva del Estado en la sociedad debido, principalmente, a lo cambiante que resulta esta última. Esto se constata en los siglos precedentes durante los cuales han surgido figuras que se han preocupado por el estudio de la organización de la sociedad y sus múltiples aspectos: política, economía, religión, familia, etc.

Esta curiosidad es una característica inherente al ser humano, buscando describir, entender y en última instancia, mejorar el entorno que habita. Así, desde la antigüedad se tienen textos que dan cuenta de esto y donde el Estado o lo que en la actualidad se denomina como tal, ha sobresalido por el interés que representa. Es posible asegurar que dicha realidad condujera a que a principios del siglo XX Georg Jellinek (2000) publicara en el prólogo a la primera edición de su Teoría General del Estado lo siguiente: Ningún pueblo poderoso puede carecer en ningún momento de su vida de una doctrina del Estado, y la ciencia a su vez, en su progreso incesante, debe tratar de fijar en qué consiste el Estado de su tiempo y explicarlo para su tiempo igualmente. (Jellinek, p.9)

Esta aseveración fue ampliada posteriormente por Hermann Heller quien, en su Teoría del Estado, aseguraba que “la idea de que el Estado es algo así como una cosa invariable, que presenta caracteres constantes a lo largo del tiempo […], es completamente errónea” (1998, p.21). Por lo tanto, al evolucionar el pensamiento humano e ir alterándose y transformándose determinados conceptos o modificándose ciertas estructuras humanas, se hace pertinente estudiar los efectos que esto conlleva dentro de la configuración del Estado y, para este caso, se tomará la premisa de que no existe mejor forma de entender el presente que conociendo el pasado, en la medida de poder apreciar las bases que soportan las estructuras sociales de la actualidad, permitiendo observar el camino que la evolución de estas ha tomado, así como cuál podría ser su futuro, tarea que en la actualidad han perseguido conocedores de la materia como Bernd Marquardt (2018) en su obra de dos tomos Teoría Integral del Estado, pasado, presente y futuro en perspectiva mundial. Así, el estudio histórico del Estado es inevitable y necesario, haciendo de la historia la disciplina: “auxiliar principal de quienes investigan acerca de las ciencias del Estado” (Jellinek, 2000, p. 59).

Con esto presente, al organizarse y proceder en establecer una forma de relacionarse, los seres humanos han ideado diferentes mecanismos llevándolos a conformar estructuras políticas, económicas, culturales, etc., las cuales, en la mayoría de los casos, fueron configurándose a partir del ensayo y error. Sin embargo, el interés primero por el conocimiento y después por el intercambio de productos, permitió que aconteciera un fenómeno que ha sido definido como globalización, el cual fue un proceso lento al principio, que a continuación se aceleró con el surgimiento de medios de transporte y comunicación masiva, los cuales incidieron en las formas de gobierno que se instituyeron en determinados lugares. Además, no debe olvidarse que es a través del establecimiento de líneas de comunicación como se sostiene un Estado.

Esa incidencia llega a transformar las instituciones y competencias de los diferentes Estados, algo que juristas como el alemán Georg Jellinek, a partir del siglo XX, determinaron al señalar que la formación de estos está mediada por la existencia de tres elementos fundamentales: territorio, población y soberanía. En consecuencia, se puede presentar la siguiente definición operatoria del Estado: El núcleo del aparato estatal está compuesto por un conjunto relativamente unificado de instituciones y organizaciones empotradas en la sociedad y formalizadas socialmente que son estratégicamente selectivas [Staatsgewalt], cuya función socialmente aceptada es la de definir y aplicar decisiones colectivas vinculantes para los miembros de una sociedad [Staatsvolk] de una determinada área territorial [Staatsgebiet] en nombre del interés común o la voluntad general de una comunidad política imaginada que se identifica con ese territorio [Staatsidee]. (p. 93).

No obstante, desde finales del siglo XX, esta definición va quedando sobrepasada, lo que merece una revisión que atienda a determinados fenómenos sociológicos que han alterado el ejercicio del poder de los Estados. Así, a partir de lo expuesto por Bob Jessop (2017), se puede observar un cuarto elemento que apunta al imaginario o idea que determinada comunidad tiene sobre la organización política que impera en su territorio. En este sentido, es conveniente recordar la postura marxista del autor que pretende, a partir de lo anterior, elevar a elemento la posible relación existente entre los habitantes y el Estado como organización superior y que logra validarse en la medida en que diversos Estados tomaron caminos diferentes al momento de organizarse políticamente. Por otro lado, es de resaltar que la idea de Estado no surge con la sola combinación de dichos elementos (tres, cuatro o los que lleguen a plantearse), el tiempo es un factor fundamental, en el cual se ubican los diferentes catalizadores que pueden reconocerse si se tiene en cuenta que, “para que vaya surgiendo paulatinamente una ideología del Estado, precisa una conducta humana de actos conscientes, directamente encaminados a la organización, y de actos inconscientes e impulsivos” (Kelsen, 1979, p.29), todo esto llega a ser visible a través de la historia de las sociedades humanas. Así, en esa historia se presenta un fenómeno de integración, primero de sociedades tribales a otras de mayor complejidad, que requieren una organización institucional mucho más fuerte, esto puede entenderse como una centralización estatal que se inició aproximadamente en el siglo XVI. Sin embargo, paulatinamente, y en aras de implementar un sistema democrático, se fue gestando una estructura política en la cual la repartición del poder se hizo evidente. Partiendo de esto, surgieron alianzas y tratados entre Estados, principalmente en suelo europeo, que fueron parte de la solución de conflictos tal como se observó durante el siglo XIX con posterioridad al Congreso de Viena. Sin embargo, estas alianzas precisaban una renovación constante, de lo contrario podía avivarse un nuevo conflicto como aconteció durante la primera mitad del siglo XX. Estos hechos impulsaron el debate académico y político entre los llamados internacionalistas quienes buscaban la creación de una organización que integrara a todos los Estados existentes.

En ese ambiente se produce el nacimiento de la Sociedad de Naciones en 1919, que tuvo como propósito idealista de no repetición de los acontecimientos que la vieron nacer. Pese a esto: El auténtico poder consiste, como expresara el teórico del derecho Carl Schmitt, en la capacidad de dictar las normas y de decidir cuándo y a quien deben ser aplicadas. La Sociedad no era, pues, otra cosa que una alianza más cuyo menguante poder se revelaba en un hecho: a partir del momento en que otros Estados con filosofías distintas –como la Italia fascista o el Tercer Reich– se hicieron más fuertes, la gente hizo caso omiso de sus normas. (Mazower, 2018, pp.241–243) Es importante la influencia de las ideologías de turno en los gobiernos, las cuales inciden al momento de entablar relaciones internacionales y marcar unos objetivos geopolíticos, tal como se verá más adelante. Por otra parte, la Sociedad de Naciones presentó dos componentes: uno jurídico (Derecho Internacional) y otro político (Democracia/ Capitalismo). Será este último el que primará y definirá el destino de esta organización. En ese sentido, se pueden entender las organizaciones supranacionales o los tratados internacionales como una injerencia dentro del actuar del Estado como sistema, reduciendo la soberanía que pudiera ejercer. Eso fue lo que entendieron los líderes de turno en Italia y Alemania durante las décadas de 1930 y 1940, y cuya consecuencia, la Segunda Guerra Mundial, demostró que esa supuesta cohesión de los pueblos del mundo, no estaba lista para efectuarse. A pesar de ese fracaso, la idea universalista de unión supraestatal no desapareció y la Organización de las Naciones Unidas (1945) llegó para reemplazar a una agonizante Sociedad de Naciones que no había logrado aquellos ideales de paz universal. En este punto, es significativo resaltar el hecho de que “antes de que las Naciones Unidas se convirtieran en una organización para tiempos de paz, fueron, por tanto, una alianza propia de la guerra” (Mazower, 2018, p.262). No obstante, también se configuraron organizaciones supranacionales del orden regional o continental como lo son la Organización de Estados Americanos (OEA) o la Unión Europea (UE), en un intento por dirimir los conflictos regionales y ofrecer ayuda a aquellos Estados que presentaban un atraso social y económico, basándose en las características e intereses comunes que exhiben los Estados que componen los continentes. Este tipo de organizaciones fueron fuertemente permeadas por ideas económicas, ocasionando que el fenómeno de globalización dividiera a la población experta, así: Tanto los partidarios como los adversarios de la globalización apreciaban una inadecuación entre los mercados internacionales de una parte y la política nacional de otra. Tanto unos como otros creían que los problemas económicos mundiales requerían soluciones políticas a escala mundial, pero se inclinan por vías diferentes para resolver el conflicto. Los globalizadores querían que la política internacional facilitara el funcionamiento de la economía internacional. Los antiglobalizadores querían que la política internacional restringiera, contrarrestara o aliviara los efectos de la economía internacional. (Frieden, 2007, p.617) A partir de lo anterior, se resalta que la economía (mercado) es un aspecto fundamental para entender el proceso de globalización, en donde ciertos Estados, con falencias en esta, resultan perjudicados por la intervención de otros o de las mismas organizaciones supraestatales, las cuales terminaban por dictarle cómo debían manejar sus recursos, teniéndose el caso del Fondo Monetario Internacional (FMI), el cual: “concedería los préstamos con la condición de que su beneficiario recortara su gasto público, fijara objetivos - primero fiscales y luego monetarios -, y se comprometiera a no imponer nuevos aranceles o controles cambiarios” (Mazower, 2018, pp.443–444). De esta situación, se observa el debilitamiento de la soberanía que cada Estado posee en su territorio, generando nuevas posturas políticas y económicas que pueden abarcar desde un nacionalismo exacerbado hasta una clara actitud cosmopolita. En ese sentido se tiene que, para poder ingresar a organizaciones supraestatales de índole regional como la Unión Europea o la Comunidad Andina de Naciones, se deben cumplir ciertos requisitos que en muchos casos permean la soberanía del Estado, como el manejo de su economía, principalmente en lo referente al gasto público y el comercio exterior. En el caso de la UE se tienen los Criterios de Copenhague (1993), donde se establecen las condiciones indispensables que todos los países candidatos deben cumplir, tales como “estabilidad de las instituciones destinadas a garantizar la democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos y el respeto y la protección de las minorías” (Consejo de la UE y Consejo Europeo, 2023). En consecuencia, este tipo de organizaciones han enfrentado diversas dificultades al momento de discutir los objetivos o la estructura de la misma. Así, la igualdad entre Estados, la libertad de elegir e incluso la soberanía estatal, son aspectos clave en las relaciones internacionales. En este punto, es fundamental resaltar que, frente a la soberanía, “un concepto rígido debía dar paso a otro más flexible en el que la intervención colectiva de la comunidad internacional por causas justificadas debía ser admitida” (Ortega, 2014, p.36), pero que en la actualidad solo hace referencia a presiones económicas (sanciones) y no al uso de la fuerza militar. Esta soberanía flexible alude a una paulatina, pero inexorable caída de las barreras fronterizas de diverso tipo: económicas, culturales e incluso jurídicas y administrativas. Esta situación ha generado un debate entre los que interpretan la globalización como el debilitamiento y extinción del Estado por un lado y por el otro, como la oportunidad para que el Estado se asiente como regulador oferente del bienestar ciudadano, ocasionando que se busque un replanteamiento de la soberanía del Estado, contextualizada en la globalización, con un propósito primeramente explicativo y descriptivo, que luego permita la configuración de un modelo de Estado compatible con este fenómeno.

Asimismo, y en cuanto a los procesos de globalización suscitados por parte de un Estado en específico, se tiene el caso de China. En este sentido Halford John Mackinder (2022) planteaba el dominio del mundo a través de la conquista de Eurasia, lo que impulsó a principios del siglo XX a que imperios como el ruso y el alemán intentasen dominar las estepas ucranianas; ahora, empezando el siglo XXI, China está realizando una serie de acciones para configurar su Nueva Ruta de la Seda y que se direcciona hacia este espacio. Esto se soporta en las diferentes participaciones que ha realizado el gobierno chino en proyectos de infraestructura en Asia, África y Europa, lo cual ha sido interpretado por políticos, economistas, etc., como la diseminación del sistema de pensamiento chino.

Frente a esto y como se observa en la Figura 1, la idea de un Estado global que se desarrolla a partir de estas organizaciones supraestatales, no resulta contradictoria con el devenir histórico de la humanidad. Tomando como base principios concernientes al derecho como la dignidad humana, es posible escalar en la consolidación de un entendimiento asertivo entre los individuos que lleguen a componer dicho Estado.

Con esto presente, en el primer capítulo se expone una evolución histórica del Estado moderno, teniendo en cuenta sus implicaciones en el desarrollo institucional, la división de poderes y su relación con la ciudadanía, cuya composición ha cambiado durante los últimos 300 años. Así mismo, el vínculo existente entre Estado, democracia y constitución perfiló la paulatina aparición de ideas liberales que fueron moldeando el mundo globalizado actual. En el segundo capítulo se expone un progreso histórico/filosófico de la soberanía, desarrollando algunas definiciones al respecto con el propósito de realizar una visualización del ejercicio soberano dentro del Estado. Se enuncia un concepto de internacionalismo con una fuerte influencia del cosmopolitismo y su alcance en la estructura de las organizaciones supraestatales, las cuales llegan a ser vistas como el fin de la historia, una Pax Romana global.

Por último, en el capítulo tercero, se realiza un análisis comparado entre la Unión Europea y la Comunidad Andina de Naciones, partiendo de algunos aspectos relevantes al momento de establecer una relación integradora entre Estados como son la economía y la justicia, los cuales ocasionan muchas discusiones y problemáticas en el transcurso por llegar a un acuerdo y, finalmente, a una imposición para todos los miembros de estas organizaciones y así dar respuesta de si existe un ejercicio soberano dentro de cada Estado pese a formar parte de una organización supraestatal.

Para terminar, mientras se escribe esto, la pandemia ocasionada por el COVID–19 tuvo como consecuencia la aparición de un escenario dicotómico radical: por un lado, la solidaridad entre Estados y, por el otro, la desconfianza que se tenían sobre otros. Lo primero fue gracias al poder blando que ejercen algunos Estados como Estados Unidos, China, Reino Unido o Alemania, en este caso, compartiendo material médico o desarrollando su propia vacuna la cual compartían con sus Estados aliados. En cuanto a lo segundo, la sinceridad de China fue puesta en entredicho al originarse el virus en su territorio y debido a su falta de cooperación con la Organización Mundial de la Salud (OMS) para conocer los hechos que desencadenaron esta emergencia sanitaria, situación que ha contribuido a consolidar las sospechas en cuanto a su proceder.

Igualmente, en materia geopolítica, la guerra entre Rusia y Ucrania, que tuvo un breve prologo en el 2014 con la anexión de Crimea por parte de Rusia, bajo el argumento de proteger a la población de etnia rusa que habita en Ucrania, aunque exhibiendo una clara intención de dominación completa del territorio, ha desestabilizado la región, conduciendo a que Estados como Polonia, Taiwán y Japón inicien proyectos armamentísticos, y otros como Suecia y Finlandia se adhieran a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) pretendiendo una protección internacional respecto a los intereses rusos.

 También se tienen los conflictos en Oriente Medio los cuales han tenido como detonante el ataque realizado por la organización política y paramilitar palestina, Hamas en territorio de Israel, asesinando a múltiples civiles y tomando rehenes, ante lo cual se dio inicio a una invasión por parte del ejército de Israel en la Franja de Gaza con el propósito de liberar a los rehenes y eliminar a los miembros de Hamas, ocasionando la destrucción de la infraestructura existente y el desplazamiento de miles de palestinos. Esta situación generó una reacción en cadena en donde los Hutíes de Yemen, en respaldo a los palestinos, han atacado barcos cargueros que cruzan por el estrecho de Bab al-Mandab, al sur del Mar Rojo, causando un entorpecimiento en el comercio mundial y teniendo como consecuencia la intervención de los Estados Unidos y Reino Unido, quienes han arremetido contra objetivos Hutíes en Yemen.

Esta realidad ha representado una vuelta al realismo geopolítico al cual estaban acostumbrados los Estados durante la Guerra Fría y de la solidaridad de los años previos se pasó al recelo y a las sanciones económicas, llevando a que Rusia fuera considerado un Estado paria y, en última instancia, volviendo a dividir el escenario internacional en dos bloques, resquebrajando el idealismo internacional que se venía profesando desde la caída del Muro de Berlín.

 Dicha división ha sido ampliada, llegando a proponerse un multipolarísmo, el cual se ha comprendido como el fin de la globalización y la masiva interconexión entre Estados. Así las cosas, la geopolítica y la geoeconomía han marcado el camino del futuro de la soberanía para las próximas décadas, en el que dicho multipolarísmo ocasionará que los Estados vuelvan a suscribir alianzas recelando de sus vecinos, buscando fortalecerse y donde la integración regional es una excelente opción. 

Editorial

Editorial Universidad Surcolombiana - USCO · Colombia

Año de publicación

2025

Idioma

Español